El paulatino envejecimiento de la población lleva consigo la necesidad de adaptar las calles a las condiciones físicas del colectivo de la Tercera Edad, a cualquier personaa con limitaciones físicas en definitiva, mediante la eliminación de barreras arquitectónicas, tales como escaleras, cuestas empinadas y prolongadas o bordillos. Es lo que requiere la Normativa de Accesibilidad.
Los mecanismos empleados para ello suelen ser el rebaje de pasos peatonales, el ensanchamiento de aceras, la supresión de escalones y la sustitución de las mismas por rampas… Pero lo que se está poniendo cada vez más de moda es la instalación de ascensores y escaleras mecánicas que faciliten el acceso a las zonas más altas de la ciudad, actuando así como puertas rápidas. La elección de uno u otro recurso de elevación dependerá de la altura que haya que salvar.
De esta forma, poco a poco las ciudades deben hacer suya la siguiente premisa: “Una buena accesibilidad es aquella que existe pero que pasa desapercibida a los usuarios” (Libro Blanco de la Accesibilidad). Y para ello, la eliminación de barreras se debe llevar a cabo en intervenciones urbanísticas, en edificaciones, en los medios de transporte… En todo aquello que nos rodea, porque la accesibilidad es un principio básico que hay que garantizar a todos los ciudadanos.








